Ésa fue la inevitable conclusión a la que llegamos mi buen amigo y yo, tras intercambiar historias sobre este respecto, tomando
cañas al sol . Y debo aclarar que en mi caso puedo darme
con un canto en los dientes, porque no pude dejar de asombrarme ante el
repertorio de historias peregrinas con las que mi amigo consiguió
amenizar y turbar mi atribulada mente.
Su compañera de piso, una mujer de treinta años
aparentemente normal, si no fuera por los más de cien kilos de peso
embutidos en un cuerpo de uno cincuenta de estatura. Habladora como
pocas, no calla ni con la boca llena, que suele ser a menudo. Yo la he
conocido y por ello me cuesta creer lo que oigo, ya que a primera vista,
con la salvedad de padecer una obesidad escandalosa, parece ser una
mujer encantadora.
Bien es conocida la capacidad del ser humano para aparentar lo que no
es con la destreza de un camaleón. Y ese era el caso de ella. Al
principio creí tener ante mis ojos a una mujer madura, seductora,
inteligente, aunque algo egocéntrica. Pero pronto, y con la ayuda de mi amigo, pude comprobar que la repetición constante del “yo”,
seguido de anécdotas estúpidas y sin sentido, se sucedían en exceso, lo
que denotaba algún tipo de tara mental. Más tarde mi amigo dejó de
invitarla a nuestros encuentros y pronto pude comprobar el alcance de su
idiotez.
Ya no me acordaba de la tos crónica con que intercalaba sus peroratas
ni de la risa estentórea que taladraba el tímpano, pero Esteban las
mentaba siempre en sus historias. La tos era perenne, de día, de noche, a
todas horas, y por ello mi camarada debía dormir con tapones en los
oídos, aun cuando su vivienda no sufría de ruidos molestos procedentes
del exterior. Su risa era el preludio de un apocalipsis, provocada por
la estupidez más ridícula y sobrevenida sin previo aviso.
La escatalogía ocupaba más de la mitad de los relatos de mi amigo. mi amigo encontraba salpicaduras de excrementos en la pared del baño, la
taza del váter e incluso en la cisterna. Los hábitos de una alimentación
desenfrenada, llena de chocolate, azúcar, pan, patatas de bolsa y demás
porquerías hipercalóricas, hacían que la consistencia de sus restos
intestinales fuera muy deficiente. Todo ello, sumado a un culo tan
grande como un zepelín, que no cabía en la taza del inodoro, provocaba
nefandos accidentes que ni por asomo solucionaba después con agua y
lejía. Según Esteban, a ella le daba igual: lo dejaba todo allí como si
fuera una obra de arte; además después de defecar, dejaba la puerta del
baño abierta para que todos sintiéramos la potencia de su aparato
digestivo.
Luego estaba el típico tema de la higiene. Todos hemos tenido un
compañero guarro alguna vez. Pero ella era especial. Ella despotricaba
de la falta de pulcritud de sus antiguas compañeras de piso y presumía
de ser una mujer muy curiosa con el tema de la higiene personal y
doméstica. No obstante siempre dejaba pelos en la ducha, la frenada en
en el baño y la grasa en las sartenes; un clásico vamos. Ante la
repugnancia que le inspiraba a mi amigo la presencia de restos de comida
en cubiertos y vajilla, éste se lo hizo saber. “Eso no pasa nada, lo que no mata engorda”- risa desagradable. Irónica respuesta después de todo, ¿no creen?
Hay historias de mi amigo que me cuesta creer. Parece ser que la
belleza rubenesca se pasa todo el día conectada a facebook y mesenger,
mientras sigue acumulando kilos sin parar de toser. Hasta ahí, correcto.
Pero lo increíble es que, según mi camarada, no para de jactarse de que
ella folla más que ninguna de sus amigas, incluso más que las que
tienen novio. Y es que ella pretende verse irresistible y cree que los
demás también la vemos así. Sobre este aspecto no creo quemi amigo sea
honesto y la anécdota más bien parece fruto de la inquina que le profesa
a la pobre chica. No puede ser cierto que una mujer de semejante porte
se ufane en ser una devora hombres. No cuestiono que lo sea, que puede
serlo, pero si fanfarronea con ello es posible que haya algo que no
funcione bien. Una mujer que presume de que no hay hombre que se le
resista suena a camelo, exactamente igual que sonaría en un hombre.
Luego está el tema de los destrozos. Parece ser que cuando ella
entró empezaron a estropearse aparatos en casa: la lavadora, el váter,
la ducha, los enchufes… La factura de la luz subió a más del doble (si
bien eso puede ser efecto de las subidas de la compañía eléctrica). “Eso no es culpa de ella, las cosas se deterioran del uso”-
contradije a mi amigo. Pero no, él insistía: Una mujer que pone para su
ropa hasta seis lavadoras diarias por fuerza tiene que acabar
rompiéndola por mal uso; que se deja las luces encendidas, la
vitrocerámica encendida, la estufa encendida; que usa toneladas de papel
higiénico que tira por el váter… Me resisitía a darle la razón a mi
maniático colega, pero las pruebas eran irrefutables.
Cambiar de compañero de piso podría funcionar, pero echar al
hipopótamo es más que complicado; además de que más vale malo conocido
que bueno por conocer. No hablemos de cambiar de piso o vivir solo,
opción válida para aquellos que ganan más de mil euros.
Hay una edad para todo y a los treinta es mejor vivir solo o con tu
novia. Aparte, mi amigo, al que quiero mucho y es mi mejor amigo, es un
perdedor de tomo y lomo. Es el precio que se debe pagar por ser pobre.
“Piensa que al menos tienes un hogar donde vivir”. Y con esto el pobre se conforma.
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