Cuando empiezas a compartir piso, lo primero que tienes que meterte
en la cabeza es precisamente eso, el compartir, pero con un límite. Hoy
cedes tú, mañana cedo yo, te adaptas a mis manías y yo a las tuyas, y
aquí paz, después gloria, y luego un tiroteo.
Después del
instituto, me vine a Pamplona a estudiar, y decidimos que lo mejor sería
que me alquilase un piso con más gente, para no tener que andar yendo y
viniendo del pueblo. Nos juntamos tres amigas y la hermana de una de
ellas. Encontramos una ganga con una pega... 3 habitaciones para 4. Ahí
empezaron nuestros problemas. Las dos hermanas no querían compartir
habitación, a otras no nos importaba, pero luego empezaba el jaleo para
cuando había que estudiar, y el tiroteo. Como donde hay confianza da
asco, a mí me tocó estudiar en el salón, y todo el mundo entraba y
salía, ponía la tele o se tomaba el colacao mirándome gruñir delante del
ordenador...
Llegó el segundo año y tres ya teníamos noviete. Es
fácil de imaginar, con 19-20 años, tener un piso sin padres y un novio
de edad similar es algo que provoca fogonazos en la mente... y tiroteos
en el piso. Como donde hay confianza da asco, a mí me tocó sacar el
colchón al salón, llevarme ahí a mi novio y el resto ya no lo puedo
contar.
Dos años y pico más tarde, tuve que dejar mis estudios
para ponerme a trabajar, que la vaca no daba para más. El alquiler del
piso era para estudiantes, esto es, de septiembre a junio, así que fue
la excusa perfecta para buscarme otro piso, con otra gente, donde no
hubiera confianza ni asco, de manera que tampoco hubiera tiroteo
alguno...
¡Que te crees tú eso, bonita! Fui a parar a un piso con
dos mujeres de entre 40 y 50 años, con más manías que primaveras, una
hacía meditación, semidesnuda por toda la casa, la otra no callaba ni
cuando dormía. La intimidad era algo que brillaba por su ausencia y el
piso no brillaba precisamente, no. Así que, en cuanto cambié de trabajo y
tuve algo de tiempo libre, me cogí el periódico del día y me dediqué a
llamar a gente que buscaba una chica para compartir piso.
Una
mujer de 46 años que vivía con su madre y necesitaba a alguien para
cubrir gastos... "pos va a ser que no". Dos chicos con un perro... "pos
va a ser que no". Diecisiete senegaleses en un trastero... "pos va a ser
que no". Y, de repente, lo encontré. La ganga de mi vida. Un piso
enorme, bonito, con cuatro habitaciones, bien de precio y tres chicas de
23, 24 y 25 años. Y allí que me fui.
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