lunes, 16 de julio de 2012

buscando,buscando,lo encontre!!!! (anecdota)

Cuando empiezas a compartir piso, lo primero que tienes que meterte en la cabeza es precisamente eso, el compartir, pero con un límite. Hoy cedes tú, mañana cedo yo, te adaptas a mis manías y yo a las tuyas, y aquí paz, después gloria, y luego un tiroteo.
Después del instituto, me vine a Pamplona a estudiar, y decidimos que lo mejor sería que me alquilase un piso con más gente, para no tener que andar yendo y viniendo del pueblo. Nos juntamos tres amigas y la hermana de una de ellas. Encontramos una ganga con una pega... 3 habitaciones para 4. Ahí empezaron nuestros problemas. Las dos hermanas no querían compartir habitación, a otras no nos importaba, pero luego empezaba el jaleo para cuando había que estudiar, y el tiroteo. Como donde hay confianza da asco, a mí me tocó estudiar en el salón, y todo el mundo entraba y salía, ponía la tele o se tomaba el colacao mirándome gruñir delante del ordenador...
Llegó el segundo año y tres ya teníamos noviete. Es fácil de imaginar, con 19-20 años, tener un piso sin padres y un novio de edad similar es algo que provoca fogonazos en la mente... y tiroteos en el piso. Como donde hay confianza da asco, a mí me tocó sacar el colchón al salón, llevarme ahí a mi novio y el resto ya no lo puedo contar.
Dos años y pico más tarde, tuve que dejar mis estudios para ponerme a trabajar, que la vaca no daba para más. El alquiler del piso era para estudiantes, esto es, de septiembre a junio, así que fue la excusa perfecta para buscarme otro piso, con otra gente, donde no hubiera confianza ni asco, de manera que tampoco hubiera tiroteo alguno...
¡Que te crees tú eso, bonita! Fui a parar a un piso con dos mujeres de entre 40 y 50 años, con más manías que primaveras, una hacía meditación, semidesnuda por toda la casa, la otra no callaba ni cuando dormía. La intimidad era algo que brillaba por su ausencia y el piso no brillaba precisamente, no. Así que, en cuanto cambié de trabajo y tuve algo de tiempo libre, me cogí el periódico del día y me dediqué a llamar a gente que buscaba una chica para compartir piso.
Una mujer de 46 años que vivía con su madre y necesitaba a alguien para cubrir gastos... "pos va a ser que no". Dos chicos con un perro... "pos va a ser que no". Diecisiete senegaleses en un trastero... "pos va a ser que no". Y, de repente, lo encontré. La ganga de mi vida. Un piso enorme, bonito, con cuatro habitaciones, bien de precio y tres chicas de 23, 24 y 25 años. Y allí que me fui.

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