La reflexión nos sirve para mejorar como personas y para adaptarnos a un medio que siempre cambia
Para
crecer como personas, para madurar, para mantener un equilibrio
emocional que nos permita responder a las exigencias del entorno, hemos
de cambiar permanentemente. No podemos quedarnos estancados ni
sentenciar "soy así, qué le vamos a hacer", si sabemos o intuimos que un
cambio nos permitiría ser más coherentes, más eficaces y más felices.
Nuestra historia personal demuestra que como entes pensantes y sensibles que somos, cambiamos y evolucionamos cada
día. Y esa es una de las emociones que nos depara la vida: comprobar
cómo nos vamos adaptando, cómo vamos interactuando con el entorno. Cada
nueva situación exige una respuesta específica que extraemos de nuestro
interior tras remover, intuitiva o premeditadamente, nuestra experiencia y nuestra manera de pensar tras recibir la influencia de quienes nos quieren y nos rodean.
Se trata de tomar el timón de nuestro barco, de pilotarlo hacia
donde queremos y podemos, y no hacia donde nos lleva la corriente o un
mapa obsoleto que no incluye la información necesaria para una
navegación óptima.
Pero hemos de distinguir bien lo que queremos cambiar. Con las tendencias profundas de la personalidad, con los sistemas de valores muy interiorizados, con los hábitos muy arraigados, hemos de mostrar un especial cuidado, porque modificarlos puede sumirnos en una crisis de identidad nada deseable. Para evitar este error está la reflexión.
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