Muchos de nosotros ya tenemos identificados los hábitos y actitudes
más claramente mejorables, en la medida que nos causan problemas de
convivencia, no nos resultan útiles, no nos satisfacen o son
incoherentes con nuestra manera de pensar y de ver la vida. Comencemos
por "trabajar" este ámbito de mejora, porque es el que más satisfacción
nos va a deparar. No es fácil, porque son muchas y muy variadas las
razones que nos han llevado a ser como somos. En esta reflexión, no debe
importar la edad, nunca es tarde si el cambio nos permite
mejorar con el entorno o hacer las cosas tal y como creemos que debemos
hacerlas. Si, por temor a lo desconocido o a equivocarnos, demoramos una
decisión que sabemos acertada y necesaria nos estamos negando la
posibilidad de madurar, nos estamos haciendo daño, al frenar una
evolución del todo conveniente. Aplicar la receta de siempre ante
exigencias nuevas o repetir errores del pasado ante situaciones ya
conocidas, resulta en principio lo más cómodo y sencillo, pero nos
conduce al estancamiento, y nos aparta del dinamismo
inherente al hecho de vivir en un contexto que cambia.
También
puede ocurrir que el freno al cambio no provenga de nuestros hábitos,
miedos o incertidumbres, sino del exterior: la pareja, los hijos, los
amigos, el trabajo, las convenciones sociales. No todos evolucionamos al
mismo ritmo, pero cada uno debe intentar preservar las cadencias de su
propia evolución, y adoptar las decisiones que considere esenciales para
su progreso como ser humano.
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